Luces de Esperanza
La vida de Héctor Escobar nunca va a ser igual, y menos desde el trágico accidente que maraca toda su vida, el cual le hubiera quitado la vida de no ser por la oportuna ayuda prestada por la Patrulla Aérea Civil Colombiana. Todo comenzó el martes siete de marzo cuando la señora Florinda Montaño, madre de Héctor, le ordeno a su pequeño hijo hacer un mandado regular.
El niño como era costumbre se disponía a salir de la casa tomar su balsa para dirigirse río arriba al pueblo de Guapi, pero las cosas cambiaron cuando tomó el remo, o canalete como es conocido en la región, y lo apoyó en el lecho del río Guapi; El muchacho no contaba con que la marea estaba baja, no pensó en que, al remar con fuerza, el remo se le iba a devolver con el mismo impulso y le iba a golpear el ojo derecho.
Las cosas pasaron desapercibidas por el día; a la mañana siguiente, Héctor presentaba un poco de dolor en su ojo, y ya empezaba a hincharse. El día jueves, cuando fue a la escuela, donde cursa cuarto de primaria, su estado ya era grave, el profesor al ver esto decidió llevarlo al hospital donde dos de nuestras voluntarias, Alessandra y Paula, lo atendieron.
Después de realizar un diagnóstico primario se pudo observar un grave problema, el ojo tenia una infección que pudo ser transmitida ya que el remo es hecho totalmente de madera lo que ocasiona que tenga hongos vegetales. Al ver la gravedad del asunto, debido a que se estaba comprometiendo el nervio ocular, decidieron trasladarlo de inmediato a Bogotá para que pudiera ser atendido por un especialista.
Bogotá, la ciudad de la esperanza
Al ingresar a la ciudad, la salud de Héctor se deterioraba; después de una exhaustiva revisión en la Clínica La Barraquer, se determinó la gravedad del accidente. Según el especialista que lo atendió, el muchacho había recibido un trauma en el cual se comprometía el ojo; después del accidente la cornea del niño había sufrido un corte que le generó perdida de líquidos.
En vista de la gravedad de la herida se decidió la amputación del ojo lo antes posible, ya que la infección comprometía cada vez más el nervio óptico y, como consecuencia, el cerebro y hasta la vida del niño.
Mientras se le realizaban más diagnósticos, Héctor sufrió una recaída en su convalecencia que obligó a los especialistas y voluntarios trasladarlo a la sala de cuidados intensivo de la Clínica Cardioinfantil al norte de la capital. El muchacho fue llevado en una ambulancia, y lo recibieron varios médicos que lo esperaban para intervenirlo inmediatamente.
Después de permanecer varios días en la clínica y de perder su ojo derecho, Héctor fue dado de alta y llevado a una casa de paso ubicada en la Candelaria; ésta fue adaptada para poder recibir este tipo de pacientes, preferiblemente si son niños. Esta residencia es propiedad de la señora Marta Gonzáles; ella y otras personas se han unido a la causa de hacer realidad y fortalecer las esperanzas de las personas que son enviadas en estado de consideración.
En esta casa se hospedaron Héctor y su madre, Doña Florinda, ahí pasaron un mes, donde lo que más les afectaba era los recuerdos de su lejana tierra y el frío, que por esos días estaba acompañado de una intensa lluvia; Héctor disfrutaba de su estadía, debido a que nunca había visto edificios tan grades y calles tan pavimentadas como las de Bogotá.
Volviendo a Casa
En la mañana del 20 de abril se mostraba diferente para Héctor y su mamá; ese día recibiría su prótesis y como premio extra volvería a su hogar al lado de sus familiares y amigos. En la mañana el sol había asomado, tomó su desayuno, sus gafas oscuras y esperó a que lo recogieran para poder ir de nuevo a la clínica La Barraquer.
Cuando el carro llegó, se montó con doña Florinda y su equipaje. Mientras realizaban el viaje de la casa a la clínica, Héctor miraba por última vez las bellas imágenes que le mostraba la ciudad en un día soleado; al llegar al médico, lo recibió y le pidió que esperar unos minutos mientras terminaba de atener otro paciente.
Minutos después la enfermera lo hizo pasar, ya estaba todo preparado y lo sentó en una camilla; procedió a colocarle la prótesis, que deberá llevar por el resto de su vida, la medida era perfecta y su exactitud con el otro ojo era impresionante. Al terminar, Héctor se miró al espejo, sonrió y agradeció a su médico.
Al salir de la clínica, el muchacho se quitó los anteojos oscuros, y se dispuso a volver al carro que lo llevaría a la Patrulla Aérea, la cual había coordinado su regreso a casa, al igual que todo lo demás en su larga estadía en Bogotá. Al llegar a la Patrulla, todos quedaron asombrados por la similitud de la prótesis con el ojo.
Después de pasada una hora, llegó el transporte que lo llevaría al aeropuerto; Héctor y su madre se despidieron de las personas que les habían colaborado en esos momentos tan difíciles, y partieron rumbo a Guapi, lugar del cual habían partido un mes atrás.